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miércoles, 14 de diciembre de 2011

El cine y la fe: "No se trata de catequizar con el cine sino de crear belleza"

Afirma el presidente del dicasterio vaticano para las Comunicaciones



“No tenemos necesidad que sean filmes catequéticos sino más bien bellas películas”. Con estas palabras monseñort Claudio María Celli, presidente del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, dio un indicio importante sobre la relación del buen cine con la fe. Lo hizo en la conferencia Film and faith, el 2 de diciembre, en la Universidad Pontificia Lateranense en Roma, organizada por la italiana Fundación Ente del Espectáculo y, en posteriores declaraciones, en una entrevista a la periodista Silvia Guidi del diario vaticano L'Osservatore Romano.

“Es suficiente mirar la producción cinematográfica reciente –indicó el arzobispo italiano- para ver que lo sagrado emerge en muchas películas, a veces apenas susurrado, como si fuese un hilo conductor. Más allá de los efectos sensacionalistas, o especiales, veo en muchas películas que el elemento espiritual no está separado del mundo, no es una cosa abstracta sino más bien que se mezcla con las pequeñas cosas de cada día, casi escondido como si fuera una luz sutil que la vuelve especial”.


El presidente de la filmoteca vaticana añadió que “se percibe una cierta presencia de Dios en muchas películas, como una vibración apenas perceptible que cada artista sugiere, para que el espectador pueda detectarla por si mismo”.

El subsecretario emérito de las Relaciones del Vaticano con los Estados consideró que “el arte es desde siempre maestra en transmitir la identidad de cada pueblo y época, en particular el cine en cuanto es la suma de tantas artes diversas, con su lenguaje sugestivo que puede llevar imágenes, ideas, valores que pueden hacer florecer desde lo más intimo reflexiones fundamentales, levantando dudas, preguntas, y sobretodo llevándonos a un camino de búsqueda más profundo de nuestro yo. A partir de allí el paso es breve: está el otro, está Dios.


Añadió que el buen cine “debe ayudar al hombre a encontrarse consigo mismo, predisponiéndolo a aceptar la diversidad y a compartir la espiritualidad”. Y consideró que una buena película no termina con los títulos finales pero allí inicia, pues se elaboran las emociones. Apeló por tanto a la sensibilidad de los artistas para puedan iluminar con sus obras.


Indicó entretanto, que es fundamental una educación al lenguaje de la imagen, un recorrido formativo que lleve a los espectadores, desde la infancia, a un análisis consciente de los contenidos cinematográficos, desarrollando el sentido crítico.

Y más que demonizar a un filme porque deseduca, prosiguió, “hay que abrir espacios de diálogo reiterando que el hombre ha sido creado a imagen de Dios y que tiene una dignidad que no puede ser ultrajada. Pues el hombre tiene una aspiración más alta y sobre todo busca la verdad, aquella verdad que una película puede ayudar a descubrir”.


Entre las películas recientes, monseñor Celi citó Uomini di Dio, que sin artificios lograr narrar una historia de fe y de dolor, una verdadera pasión, o tambiénThe Tree of Life di Terrence Malick, una verdadera y propia parábola visiva sobre la creación, el pecado, la redención y el amor”, si bien precisó que la lista podría ser mucho más larga y que citó a estos porque a pesar de no ser fáciles lograron conquistar al público.

Entretanto precisó que su dicasterio, el de las Comunicaciones Sociales, buscó siempre no teorizar demasiado sobre la comunicación, pero de actual, por lo cual está en constante sinergia con todas las realidades mundiales que puedan ayudar a responder a la necesidad de verdadera comunicación que tiene el mundo.


E invitó a los jóvenes que entran en el mundo del cine a no traicionarse a sí mismos, ni a su credo y aspiraciones. “Sean verdaderos –dijo- con la misma verdad del Evangelio. Escuchen el mundo y sus necesidades, sus ansias y esperanzas. El corazón anhela un mundo en el que reine el amor, donde los dones sean compartidos, donde se edifique la unidad, donde la libertad encuentre el propio significado en la verdad y donde la identidad de cada uno sea realizada en una comunión respetuosa”.

O sea, invitándoles a “estar listos para recibir este desafío con vuestras películas. Sed artistas apasionados de la verdad y de la belleza”.


Concluyó recordando que el festival Tertio Millennio nació de una sinergia de propósitos hacia el final de los años noventa. El Ente del Espectáculo, el Pontificio Consejo de la Cultura, el Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, consideraron que era el momento de abrir un diálogo constructivo entre Iglesia y mundo del cine, considerándolo un vehículo de cultura y propuesta de valores.

ROMA, martes 13 diciembre 2011
Fuente: Zenit

jueves, 1 de diciembre de 2011

Aborto y Ley Natural

Me acuerdo que cuando el Papa Pablo VI, recién subido mandó su primera encíclica a la Iglesia en tiempos del Concilio, dijo que quería que su mensaje de nueva evangelización llegara a todos: los de adentro y los de afuera y también a los más lejanos. Yo quisiera más bien comenzar un diálogo no tanto con los de adentro de la iglesia que ya tienen muchas formas de conocer su pensamiento sino con los de la vereda de enfrente y con los más lejanos, cuyo horizonte es el mundo de la cultura y de los intereses de hoy.

Era de prever que pasada la movida del año electoral se iba a venir el tema del aborto y otros por el estilo. Por su parte los obispos ya iniciaron la campaña contra el aborto, insistiendo en que el feto es persona, aborto es matar la vida y asesinar. Está bien. Pero uno se pregunta ¿Por qué los obispos dan normas sobre estos temas, dado que algunos pueden pensar que son normas religiosas o que son sólo para los católicos? Además: ¿los obispos tienen autoridad para hablar a los no-católicos’? Y pensándolo bien ¿Qué autoridad tienen para dar a cualquiera normas, en temas que son de vida sexual, familiar o de bioética?

Por supuesto todos saben que el aborto es una muerte y que la muerte es mala. En realidad ni las abortistas más fanáticas quieren matar. Pero lo que quieren es libertad para decidir sobe su propio cuerpo y su propia vida. Y no vale decirles que en realidad, aquí se trata del cuerpo y la vida de otro. Quieren ser autónomos en sus decisiones privadas y que nadie se meta, ni el gobierno, ni la ley, ni la iglesia. Otros hablan de la necesidad del supuesto aborto terapéutico en caso de peligro para la salud de la madre, o de malformaciones genéticas, o del hijo no deseado, o bien cuando se trata de una violación a una menor o a una persona insana. Incluso para algunos el feto no es más que un conjunto de células, o cosas por el estilo.

Y a decir verdad: ¿La iglesia tiene derecho o autoridad para meterse a dar normas? ¿Y si da normas, las dan en nombre de la religión? ¿Son para los cristianos o son para todos?

Consciente de estos problemas el Magisterio usa el debatido concepto de “ley natural”, que trataremos de explicar.

Pero ¿qué es el Magisterio?

La iglesia es experta en humanismo y puede enseñar a los hombres cómo vivir mejor y ser felices y evitar el mal. No son realmente normas o mandamientos, menos todavía normas religiosas. En realidad tiene que enseñar que esos mandamientos están en nosotros mismos, por eso los llama: “LEY NATURAL”. Es cierto que lamentablemente, algunos hombres de la iglesia, parecen a veces muy autoritarios y dan la impresión de que se están peleando contra el mundo entero y que quieren prohibir todo. El Evangelio no es así.

¿Qué quiere decir la iglesia cuando habla de ley natural?

Es un lenguaje anticuado, y no muy comprensible para la gente de hoy. Sería más fácil hablar de derechos humanos y de valores morales fundamentales. Lo que dice está bien, pero perdemos mucho tiempo en cuestiones de términos filosóficos. ¿De qué se hablaba?

Podríamos comenzar diciendo que hay dos grandes leyes: la ley eterna, que es aquella con la que Dios gobierna toda la creación. Los astros, los animales, las plantas y todo el mundo, siguen sus propias leyes, a la que están sometidos en forma total. Los animales por ejemplo están determinados por sus instintos y no pueden obrar de otra forma. Los preceptos de la ley eterna, son inmutables y están determinados por la misma naturaleza creada por Dios.

Pero al hombre Dios lo creó libre e inteligente. Sus decisiones y obras proceden del libre albedrío. El hombre que es racional y libre y toma sus propias decisiones, es decir que obedece la voluntad de Dios, pero con libertad, porque Dios los hizo así, a su imagen y semejanza. Esta es la ley natural, que es la participación de la ley eterna en la creatura racional.

No quiere decir que el hombre pueda hacer todo lo que se le ocurra, sino que tiene que realizar el bien y evitar el mal, pero tiene que decidirlo él. Que hay que hacer el bien y evitar el mal, es algo universal que conocen y acepan todos. Ese podemos decir que es realmente el precepto fundamental de la ley natural del hombre, infundida por Dios en su razón y en su conciencia. Pero atención, que si bien todos los hombres saben que hay que hacer el bien y evitar el mal en general, determinar qué cosas son buenas y cuales son malas, es otro problema. Ahí, no todos están de acuerdo. Puede haber muchas diferencias culturales e históricas.

En ese punto oscuro y conflictivo del hombre es donde interviene la conciencia del hombre y también la enseñanza o magisterio de la familia, de las iglesias, de los líderes espirituales, de la sociedad. Es el campo de los valores morales. Hay valores que son bastante claros y universales, como “defender la vida, la verdad, la justicia, evitar el robo y la mentira, buscar el bien común y defender la familia y dar culto a un ser superior”. Serian los “diez mandamientos, o también los derechos humanos fundamentales”. Estos valores provienen del precepto fundamental de la ley natural: “hay que hacer el bien y evitar el mal”.

Pero también hay un campo mucho más alejado de los valores morales fundamentales y del principio fundamental del bien y del mal, que es el campo de las decisiones cotidianas. Aquí hay no pocos conflictos y dudas. A veces nos preguntamos: esto ¿será bueno?, ¿Será malo? ¿Y ahora qué hago? No hay ninguna ley que pueda contemplar todos los casos particulares. Entonces o caés en el autoritarismo rígido de los preceptos y normas positivas o madurás como persona, como Dios te quiso, usando tu recta razón y tu discernimiento. Dios te dio la conciencia, que es la Voz de Dios en el corazón. La conciencia es el “primer Vicario de Cristo” y el “fiel intérprete del orden natural creado por Dios”.

Hay que tomar decisiones que no son siempre las que el Magisterio de la Iglesia propone, porque a veces, hay choques de valores y hay que tolerar un mal menor para evitar un mal mayor. Cada uno conoce las circunstancias de la situación en la que vive: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Esto no significa que las normas cambien según la situación o la conveniencia, no existe una “moral de la situación”, donde uno hace lo que más le conviene o lo que le resulta más útil. Todos debemos tender a hacer el bien, lo mejor posible, pero en el hombre hay un camino gradual y muchos otros conflictos insalvables, en los que no cambia la ley, pero sí nuestros límites y finitud, como dice el Mismo Santo Tomás.

En síntesis, el tema de la ley natural, enseña que existe un precepto fundamental el de hacer el bien y evitar el mal. Luego viene un primer grupo de normas y valores, que son también los derechos humanos fundamentales: defender la vida, la verdad, la familia, respetar la sexualidad y el matrimonio. Entre esos está la prohibición del aborto. Estos preceptos y valores, son universales, no dependen de una religión determinada, sino que son plenamente humanos y universales. No cambian nunca y su validez no proviene de normas heterónomas, sino que están en la misma naturaleza del hombre. Son la participación de la ley eterna en la naturaleza racional el hombre, que se aplica a sí mismo sus preceptos. Estos últimos, aún en los casos más conflictivos, no cambian ni pierden su validez, aunque cada uno deba discernir la mejor forma de aplicarlos, no porque sean difíciles de cumplir, sino por los conflictos morales objetivos en que vive.

Para terminar convendría reflexionar sobre el Sermón de la Montaña y cómo Jesús enseña a superar la enseñanza rígida y meramente externa de la justicia de los fariseos. No basta “no matar ni robar” (precepto fundamental del bien y el mal que ya fue dado a los antiguos). Hay que discernir, entre la cultura de la violencia, la falta de perdón y de verdad, las ocasiones de pecado, la codicia y tender a la reconciliación, al perdón a la justica y la civilización del amor. La moral farisaica se basa en la falsedad de aquellos que condenan el mal por sus apariencias, pero por dentro se hacen solidarios con el pecado del mundo y la mentira social. El Evangelio enseña a defender siempre la vida, los derechos humanos, la solidaridad y la verdad, a dar la cara y poner la otra mejilla, a dar el doble. Defender al pobre, al inocente, al marginado y al más inválido y desamparado de todos, que es el niño en gestación.

Les auguro que esto nos ayude a reflexionar sobre nuestros problemas teniendo en cuenta que Dios ya puso todas las soluciones aunque san difíciles, dentro de nuestro propio corazón.

Juan Carlos Meinvielle

lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Qué significa ser cristiano hoy?



Por María Inés Maceratesi

Hoy decidí que, como bautizada comprometida con la vida y mi país, tenía que hacer algo que no consista en subirme a la ola que nos quiere hacer pensar que la fe que cada uno profesa, no tiene nada que aportar a la vida civil y política de la sociedad en la que vivimos. Quiero escribir mis reflexiones nacidas de la observación y el caminar por la vida.

En lo personal, soy una convencida de que cada uno es, piensa, existe y se desempeña en la vida de acuerdo a lo es y sabe, pero también a lo que cree.

Lamentablemente hoy la "oferta" religiosa es muy variada , no sé si decir "lamentablemente" porque puedo llegar a ser tildada de fundamentalista, así que acordamos que es una riqueza que haya una gran oferta religiosa; el caso es preguntarnos qué es lo que realmente nos hace feliz creer pero, antes de llegar a esta pregunta, quizá deberíamos preguntarnos qué es la felicidad y en qué consiste.

Llegado este punto, no sé si cabe aclarar que mi fe se expresa en un Credo que, contrariamente a lo que los algunos pensarían, no me ata en lo absoluto sino que me da libertad, me llegan sus frases como bocanadas de aire fresco que me van guiando suavemente y sin ninguna coacción, por el camino correcto.

Todos conocemos las ventajas de caminar o circular o conducir un vehículo por un camino recto porque equivale a no tener que tener miedo de toparse en algún tramo con alguna curva pronunciada o una estrechez de ruta tal que nos arroje impulsivamente hacia la banquina haciéndonos, en el peor de los casos, volcar o chocar violentamente.

El camino recto, llano y sin escollos, me asegura en cierta medida, un viaje relajado y cómodo. Con esta metáfora comparo mi fe, mis creencias que me dan un marco de seguridad en la ruta de la vida, una seguridad que no es completa porque siempre existirán las piedras en el camino pero, las señales, los signos, los símbolos que encuentro a cada paso, me infunden confianza, ya no solo en las maniobras por mí realizadas, sino en quien es el camino, la verdad y la vida.

Creo en Dios Padre Todopoderoso y si todo lo puede...¿acaso no tengo que depositar en Él toda mi confianza?.
Creador del cielo y de la tierra...¿qué más le puedo pedir si me lo dio todo y me lo regala todo para que lo disfrute durante mi estadía en este mundo?.
Y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor...ahí es donde tengo que poner toda mi esperanza ya que al Padre no lo veo, pero Jesucristo me lo hace conocer a través de palabras y obras que Él mismo realizó como "la voluntad de mi Padre que está en el cielo".

Lo que sigue en el Credo como profesión de fe, es lo que los católicos creemos, más allá de interpretaciones teológicas de variados tintes doctrinarios, ideológicos e incluso políticos que necesitamos entender, estudiar, profundizar y discernir. La fe que profesamos no es fideista, no se alcanza mágicamente sino a través de una conversión profunda que se va produciendo a lo largo de toda nuestra vida. Quizá hoy repita mi profesión de fe con cierta convicción, según en la etapa de la vida en la que me encuentre; quizá le encuentre más sentido a ciertas palabras o frases y desestime otras pero siempre tendré que tener la esperanza de comprenderlo en su totalidad, de ahí que el nacimiento a la vida de la fe no es un acto ni voluntarista ni acabado, nace con el Bautismo como signo de pertenencia a Cristo y a su Iglesia pero debe desarrollarse y crecer hasta alcanzar la perfección que, como podemos suponer, termina de concretarse más allá de esta vida, cuando me encuentre cara a cara con el Creador.

Siguiendo con el desarrollo del Credo y salvando esos puntos estrictamente teológicos, vemos que siguen una serie de afirmaciones que los cristianos católicos tenemos como precisiones o afirmaciones. Estas son:
Creo en el Espíritu Santo
La Santa Iglesia Católica
La comunión de los santos
El perdón de los pecados
La resurrección de la carne
La vida eterna
Amén

No es mi intención desglosar cada uno de estos puntos sino detenerme en el Amén.

Cuando digo amén, estoy diciendo SÍ, así es, no puede ser de otra manera, ¿quién en su sano juicio podría ir contra estas proposiciones?. Pero para decir Amén, tengo que saber y entender a qué y a quién se lo estoy diciendo. ¿Es a la Iglesia?, ¿Es a las demás personas?, ¿Es al mundo?, ¿Es a mí mismo?. ¿Qué grado de aceptación coloco en estas afirmaciones que me propone el Credo?.

Seis afirmaciones de lo más complicadas que recitamos sin saber muy bien porqué, ya que no es fácil describir al Espíritu Santo, menos aún entender o comprender a la Iglesia Católica, explicar la resurrección de la carne o la comunión de los santos, porque escapan a nuestro entendimiento, a lo tangible y comprensible inteligentemente. ¿Qué es eso de creer en el perdón de los pecados? ¿y la vida eterna?. ¡Caramba que es complicado ser cristiano!.

¿Qué quiero decir con ésto?. Que no basta tener dos o tres puntitas por las que accedo al conocimiento de Dios sino que tengo que hacer el ejercicio diario de tratar de introducirme en el misterio de Dios y entender que jamás llegaré al conocimiento perfecto con el solo auxilio de mis fuerzas humanas.

Dios es infinito, inalcanzable, imponderable, al que nunca podré acceder de otra manera que a través de una mediación. Podré mirar el cielo, la creación toda y decir ¡qué grande es Dios! pero ahí no termina mi admiración sino que se extiende y se agranda cuando tengo que abajarme y demostrar mi creer en Dios en la vida de todos los días. Pero esta reflexión es solo el comienzo.